Bien de familia

Siguiendo los pasos de su abuela y de su madre, Leticia Curzi apostó al rubro textil y está a cargo de Mirco, donde confecciona y vende ropa para colegios. “El público se renueva constantemente”, afirma.

 

 

Corría 1998 cuando Mirco abrió sus puertas en Tapia de Cruz 435, lo que vino a ser una continuación de Modas Elizabeth, la legendaria tienda de ropa femenina y uniformes de María de Curzi, que estuvo décadas sobre la misma avenida pero al 700.

“Mi abuela cerró el otro negocio para estar más tranquila y quedarse en la casa, pero no resultó. Este local era una casona antigua, lo reformó y alquiló un año. Pasaron dos inquilinos y, como los negocios no andaban, lo agarró ella y puso solo ropa colegial”, explica su nieta, Leticia Curzi, quien quedó al frente del comercio.

Al principio las encargadas eran su abuela y su mamá, Cristina Cabassi, pero más tarde las dos quisieron dejar y ahí agarró la posta Leticia, con la colaboración de su hermana Luciana, siguiendo la herencia familiar y haciéndose cargo de todo.

“Cuando empecé vendía ropa de hombre y escolar, no había tantos colegios como ahora. Así trabajamos todo el año, porque la ropa les va quedando chica a los nenes y hay que renovarla, siempre algo hace falta. Y en invierno vienen a buscar mucho abrigo, como camperas y swetters”, señala Leticia.

El local está colmado de prendas de diferentes colores, de acuerdo al uniforme de cada uno de los diez colegios con los que trabaja Mirco: Santa María, San Vicente, Dante Alighieri, Belgrano, San Luis, LEA, Modelo (Escobar), Arenales, Sarmiento (Maschwitz) y Nuevo Continente (Benavídez).

Además, se venden chombas y camperas para egresados, ropa de comunión para nenas y varones, sets para jardines de infantes (taza, mantel y servilleta), pilotos de lluvia, pintorcitos y demás accesorios. Para irse del lugar bien equipados en materia escolar.

“Nosotros no tenemos taller, pero mandamos a confeccionar ropa a talleres independientes. Hacemos polleras, guardapolvitos de jardín y para docentes. Todo lo hacemos con mi mamá, compramos la moldería y cortamos la tela, hasta aprendí a poner broches”, señala Leticia, entusiasmada.

En Mirco los meses más fuertes son febrero y especialmente marzo, ahí el local explota y generalmente hay colas en la vereda.  Es que la gente espera hasta último momento para comprar algo nuevo y gastar lo menos posible. “Vienen cuando no queda otra y ven que todo les queda corto”, confiesa la comerciante.

“Mi clientela más fuerte siempre fueron el Santa María y el Belgrano, por la gran cantidad de alumnos que tienen. Lo bueno de este rubro es que no se vence nunca y el público se renueva constantemente”, cuenta Leticia, al mando un legado inoxidable.

 

Por Javier Rubinstein

 

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